21/10/10

NARDA LEPES BIOGRAFIA ENTREVISTA UTILISIMA DOÑA PETRONA

Narda Lepes. Conoció los sabores de la Ciudad, hizo un curso con Mallmann y trabajó en Francia. Va por su segundo libro.Se acerca la hora pactada y la duda no se disipa. ¿Qué cosas le dirán en la calle a una cocinera? Viene por Armenia, a paso vivo. “¿Bombón?”,”¿dulce?”, ¿el anacrónico “adiós churrasca”? Llega y busca confirmaciones con la mirada. En efecto, tiene ante sí al que la buscó durante dos semanas.

“Es que no paré de grabar, estuvimos trabajando para los programas de Navidad”, cuenta y no suena a disculpa. No tiene por qué haberla. No es su estilo, tampoco. “Este es un buen lugar”, dice sobre el Bar 6, y si lo dice ella, está bien. Pide un desayuno. “Si no, no funciono”, avisa. Café, jugo de naranja, tostadas, mermelada, queso blanco, nada del otro mundo. Espera preguntas y da respuestas. Contesta firme, exacta, precisa. Casi no usa adjetivos, debe manejar bien los condimentos. “En mi casa se comía rico porque se cocinaba bien. Yo lo sabía porque cuando iba a las casas de compañeritas no todo era rico”, cuenta para explicar cómo empezó todo. Tuvo un privilegio, su padre fue uno de los dueños de Palladium: “Me pasé toda la secundaria ahí. Vi todo y entonces, a esa edad, mi curiosidad fue menor”.

Sin vocación definida, apenas terminó la formación básica hizo un curso de un año con Francis Mallmann “pero como quien estudia cualquier cosa, no esperaba terminar en todo esto”. Todo esto es haberse convertido en la figura más relevante de eso que se podría definir como arte culinario. “Después me fui un año a París y ahí aprendí a trabajar”. A París, ¿no a Lyon, famosa por su gastronomía? “No, París”. De París al restaurante propio y a la TV. Y un primer libro, “Comer & pasarla bien”, y el recién salido del horno (perdón) “Qué, cómo dónde”, una fantástica guía de los mejores lugares de compra de alimentos de Buenos Aires. “Yogur en frasco de vidrio, queso blanco, limón, chocolate, verduras listas para usar y millones de frascos de salsas y conservas”, confiesa que es lo que no falta en su heladera. ¿Mc Donald’s? “Está todo bien, pero yo elijo ir a un lugar donde me hagan las papas fritas en el momento”. Dura, Narda. Sabia, Narda: “A un chico le tenés que dar de todo. Si siempre le das milanesa, nunca te va a comer un coliflor”.

La cocina es un buen lugar de confesiones. ¿Soltará prenda si existe una interna de los cocineros? “Yo me llevo bien con todos”, afirma. A ver. ¿Las Cóncaro (dueñas de Tomo I)? “Las quiero mucho, son divinas”. ¿Amigos? “De Germán Martitegui. De Dolly (Irigoyen) soy muy cercana, es una gran compañera de viaje. Caminamos por París tomadas del brazo. Y el Tano”. El Tano es Donato de Santis. “Pero sobre todo soy amiga de su mujer, hablamos mucho por teléfono, chusmeamos, hacemos salidas de chicas”. Anthony Bourdain es el sex symbol de los cocineros, le cuento que dicen algunas amigas. “¿Sex symbol?... Eso lo dice mi mamá... me gustaba más lo que hacía al principio, cuando se sorprendía de verdad”, responde, lapidaria. Fuiste, Bourdain. Si en la vida hay que probar de todo, Narda pasó una prueba. “Tarántula” es lo más raro que comió. “No sé bien qué gusto tiene, porque con el ajo y el chili ...”, se ríe de aquella experiencia en Camboya.

“Qué, cómo, dónde” ya es la Biblia del cronista. Pero no responde un grave problema personal: se me pegan las papas fritas. “¿Ponés mucho aceite?”. Sí. “¿Bien caliente?”. Sí. “Lavás las papás?” Sí. “¿Las secás?” No... Bueno, no me mire así, Narda, ¿qué me iba a imaginar lo del almidón. Gracias por el café, Narda. Y por el libro. El desayuno está pago, después le paso la boleta a Clarín.